Dejarse crecer los sueños...


Se siente tan bonito cuando los sueños  se empiezan a cumplir. 

Recuerdo que hace muchos años atrás era yo la niña que jugaba a ser maestra, la que sacaba los libros viejos de su mamá y de sus tíos y ponía a todos los vecinos de su cuadra a ser los alumnos mientras ella ponía un cartón que simulaba ser la pizarra y se robaba pedazos de yeso de su escuela que su maestra tiraba.

Creo que jamás me vi en otra profesión, lo soñé desde pequeña, jugaba a ser maestra, me encantaba el papel que desempeñaban y no precisamente porque siempre me hayan tocado las mejores maestras, sino más bien quizá porque algunas de las que me tocaron dejaron una bonita huella en mi.

Cuando pensé que iba a irse todo al demonio con mis estudios universitarios comencé a verme a mi misma como una fracasada, la primer visión que se me cruzó por la mente fue yo con un marido borracho trabajando en una maquila cosiendo cuellos de camisetas o calzoncillos (Ya se que ningún trabajo debe ser tomado de mala manera) llegando a casa a recibir golpes de mi marido, a criar a mis 4 hijos solas y a salir a buscar a mi marido en las cantinas de mi ciudad.

Consciente estoy de que fue una visión un tanto fatalista, pero esa noche que me vi así lloré, lloré como jamás había llorado, arrodillada le pedí a Dios que no me abandonara y que si yo iba a terminar así era consecuencia de mis acciones pero que no me dejara caer al menos no a denigrarme como mujer y a sepultar mis sueños de esa manera.

Seis años después y a escasos 5 meses de finalizar mis estudios y a 3 meses de esperar mi título de educadora puedo dar fe y legalidad de que Dios ES BUENO Y FIEL.

Nunca me dejó cortarme los sueños, me los dejó crecer y crecer, me tomó en su regazo y me ha ayudado a salir siempre triunfante, aunque algunas veces quizá no lo merecía.


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