Mi universidad, un recinto reducido para el conglomerado de gente que alberga, aulas y pasillos en extremo pequeños, cantidad de gente asquerosamente exagerada, de esos en que en cada cambio de clase no podés evitar sentirte manoseado porque todo mundo se te topa.
Así de bonito, así de especial.
Aula 7 segunda planta. Yo. Aula 18 tercera planta. Ojos caramelo.
Antes de cada cambio de clase y por el horario salía del salón, iba a comprar café (así estuviese un poco rancio) me posaba justo en frente de la puerta trasera del salón a simplemente servir de estorbo a mis compañeras que entraban y a ver al puñado de gente pasar, escuchando diversas pláticas, risas, quejas, y más quejas.De pronto un día de tantos posada en el lugar de siempre, bebiendo el café de siempre, tener esa sensación de estar siendo observado. Risible porque probablemente más de uno podía estarme viendo, pero esa sensación de que te han clavado la mirada, esa sensación de sentirte invadido. Volver la vista hacia todos lados, nada. Volver la vista hacia la tercera planta y toparme con una intrigante mirada.
Me pareció odioso, en extremo de mal gusto, qué hacía mirándome, por qué me veía, quién era él, qué a caso no tiene otra cosa que hacer. Le hice un gesto quizá de desprecio con la vista, y me metí al salón.
Segundo día, el mismo cambio de clase a las 6:30 de la tarde, el mismo café, mi lugar de siempre, volví a posarme en la puerta, recordé el episodio anterior volví la vista hacia la tercera planta, y allí estaba, de nuevo mirándome, más bien esta vez fui yo quien lo busqué. Me dio miedo. Me dio no se, volví a entrarme al salón. Así consecutivamente pasaron al rededor de dos semanas, cada cambio de clases él y yo posados en los lugares de siempre, yo con el café de siempre él con sus ojos café caramelo de siempre. Atractivo, intrigante, místico.
La tercer semana del dichoso juego de miradas, volví a posarme en la puerta, con el mismo café, pero ahora con toda la intensión de encontrármelo allí. No estaba. No apareció. Comenté lo del jueguito con mi mejor amiga quien me invitó a buscarlo en la tercera planta, fuimos, lo vimos, corrí. Sí, corrí.
Segundo día, seguí con la rutina, salvo que esta vez él sonrió, no pude con eso, no aguanté huí de la puerta como si vi al diablo, me sonrojé, no corrí porque era demasiado obvio.
El plan macabro de mi amiga, luego de haberle contado todo era que él y yo nos hablaramos. Tanta mirada y tontera no es de gratis, decía. Su plan era subir pasar junto a él y decirle: "Disculpá, ¿qué hora tenés?" y de ahí comenzar una conversación. Sencillo, directo. Sobre todo sencillo máxime para una cobarde que huye de una sonrisa y unos ojos caramelo como yo. Claro! Sencillo.
Plan armado, tácticas listas. Te venís guapetona, dijo mi amiga. Llegó el día, yo lista, decidí apegarme al plan de preguntar la hora y luego hacer plática, subimos, él parado allí, parecía buscar a alguien en la planta de abajo (pensaba me buscaba a mi) lo vi allí, a medio metro de él, me carcajee como nunca, volvió la mirada, corrí, sí corrí. Fin.
En uno de esos de mis malos días académicos, la última semana del horroroso ciclo que fue ese, lidiaba en un ciber café frente a la universidad con uno de mis últimos trabajos grupales, la incompetencia de mis compañeras me tenía colmada, yo vomitaba demonios, y escupía fuego, vociferaba fúrica contra todo mundo, por el chuco trabajo y porque era semana de parciales, me decido usar una máquina aun insultando a todo mundo me siento, sentí de nuevo esa mirada inquisidora, él estaba en la maquina de al lado, escuchándome sacar mis peores demonios insultantes, no pude con la pena, me posé allí y no levanté la vista, sonrió, POR QUÉ SONRÍE me dije, quizá de mi, pensé. Me levanté sin decir nada, me fui.
Al siguiente día después de ese suceso, según mi rutina, salí, lo busqué con la mirada, esta vez iba a sonreírle para que olvidara mi imagen del día anterior, no estaba, cuando volví a buscarle, venía a la distancia de tres salones hacia mi, venía hacia mi y yo sin poder correr, venía caminando, DIOS MÍO!!! Quise gritar, venía hacia mi, llegó y no pude correr, se paró junto a mi y djo: -Hola niña enojada, me llamo Alan. No recuerdo si le dije mi nombre, solo recuerdo que respondí al hola con una sonrisa, y justo cuando me iba a animar a hablar, aparece mi docente con cara de diablo recién escupido del averno, parciales en mano y cerrando puertas, le dije que lo veía luego y salí corriendo antes que mi maestro cerrara. Te voy a esperar en la entrada principal, dijo antes que yo entrara, asentí con la cabeza y sonreí.
Creo que contesté puras estupideces(siempre) en el parcial. Salí corriendo a la salida, para encontrármelo, lo que había olvidado es que ese ere el último día de exámenes, fin de ciclo.
Me acompañó hasta mi parada de buses, hablamos, me dijo que le parecía una persona poco convencional, pero muy linda, me dio su número de teléfono, yo le di el mío.
Y nos mensajeamos esa noche, días después me robaron mi celular, perdí contacto con él, confieso lo busqué en redes sociales sin tener éxito, no volví a verlo en la U porque era su último ciclo allí, no supe más de ojos caramelo.
No supe más, y hasta ahora no he vuelto a saber de él, y de no ser por mi amiga que lo vio, y que vivió conmigo todo esto bien podría decir que fue un sueño, que todo eso fue producto de mi loca imaginación, pero según mi amiga existió, pasó, lo viví, no lo soñé.
¿Cuántas miradas tuvimos que haber cruzado durante todos esos días?
¿Cuántos "holas" dejamos de pronunciar por temor?
¿Cuántas oportunidades dejamos ir porque nos gana el miedo?
¿Cuántos ojos café caramelo dejamos escapar por huir?
¿Cuántos? ¿Cuántos?
PDT: Ojos caramelo si lees esto, y te topás con alguien como yo, no dejés que te huya, no de nuevo. JA!
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